Viernes 25 de septiembre de 2026
Nueva Economía

Sevilla, una ciudad de hoteles y un aeropuerto de provincias

El crecimiento del alojamiento turístico en Andalucía abre un debate incómodo: ¿estamos construyendo más camas de las que nuestras ciudades pueden gestionar?

Hay algo que debería hacernos reflexionar cuando paseamos por la avenida de la Constitución o por la Plaza Nueva de Sevilla. Cada vez resulta más difícil encontrar un edificio que no haya sido convertido, o no esté en proceso de convertirse, en un establecimiento destinado al alojamiento turístico. Hoteles, apartamentos turísticos, viviendas de uso turístico y nuevos proyectos que siguen transformando el centro de una ciudad que, mientras tanto, mantiene buena parte de sus infraestructuras de transporte en una situación que no se corresponde con su condición de capital andaluza.

Sevilla quiere ser un destino turístico internacional, una ciudad de congresos, una referencia cultural y gastronómica, una puerta de entrada a Andalucía. Y lo está consiguiendo. Pero hay una pregunta que empieza a ser inevitable: ¿estamos creciendo en oferta turística más deprisa de lo que somos capaces de crecer como ciudad?

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Porque no basta con disponer de habitaciones. Hay que poder llegar a ellas, desplazarse por la ciudad, garantizar los servicios públicos, atender a los residentes y mantener una calidad de vida que no convierta el éxito turístico en un problema para quienes viven aquí. Y esta no es solamente una pregunta sevillana. Es una pregunta para toda Andalucía.

Una ciudad que crece hacia dentro

El centro histórico de Sevilla lleva años experimentando una transformación profunda. La actividad comercial tradicional, las viviendas, los despachos profesionales y los establecimientos de toda la vida conviven cada vez más con una oferta de alojamiento turístico que parece no encontrar techo.

La avenida de la Constitución y su entorno son el escaparate de ese proceso. La Plaza Nueva, la calle Sierpes, el eje del Salvador y buena parte del centro histórico muestran una ciudad donde el turismo ha pasado de ser una actividad importante a convertirse en uno de los principales motores de la economía urbana. No hay que demonizar ese fenómeno. El turismo genera empleo, ingresos, actividad empresarial y oportunidades. Ha permitido recuperar edificios, impulsar la hostelería, mejorar la oferta cultural y situar a Sevilla en el mapa internacional.

Pero una ciudad no es solamente un producto turístico. Es también un lugar donde viven familias, trabajan profesionales, estudian jóvenes y se desarrolla una actividad económica que no puede depender exclusivamente del visitante.

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Cuando el alojamiento turístico ocupa una parte cada vez mayor del parque inmobiliario del centro, la pregunta deja de ser solamente empresarial. Pasa a ser una cuestión de modelo de ciudad.

¿Queremos un centro histórico vivo durante todo el año o un espacio especializado en alojar visitantes? ¿Queremos que las nuevas inversiones contribuyan a diversificar la economía o que la rentabilidad turística termine desplazando otras actividades? Son preguntas incómodas, pero necesarias.

Más hoteles, las mismas infraestructuras

Hay otra contradicción que merece atención. Sevilla ha multiplicado su atractivo turístico, ha incrementado su oferta hotelera y aspira a consolidarse como destino internacional. Sin embargo, sus infraestructuras de movilidad siguen presentando carencias que condicionan su competitividad.

El aeropuerto de Sevilla es un ejemplo evidente de ese debate. La conectividad aérea es una pieza fundamental para una ciudad que quiere atraer turismo internacional, congresos, inversión y visitantes de larga distancia.

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Pero la experiencia del viajero no termina cuando aterriza. También importa cómo llega al centro, cuánto tarda, qué alternativas tiene y qué coste soporta.

La conexión entre el aeropuerto y la ciudad continúa siendo una asignatura pendiente en términos de transporte público de alta capacidad. El debate sobre una conexión ferroviaria directa, las alternativas de movilidad y la necesidad de mejorar las infraestructuras aeroportuarias lleva años formando parte de las reivindicaciones sevillanas.

Y mientras tanto, seguimos construyendo hoteles. La imagen resulta difícil de ignorar: más camas para recibir visitantes, pero una estructura de movilidad que no ha evolucionado al mismo ritmo que las aspiraciones turísticas de la ciudad.

Sevilla no puede venderse como destino internacional de primer nivel y conformarse con infraestructuras propias de una ciudad que no ha decidido todavía qué quiere ser.

El turismo necesita hoteles, pero también necesita aeropuertos competitivos, transporte público eficiente, conexiones ferroviarias, carreteras adecuadas y servicios urbanos capaces de responder a la demanda.

La inversión turística y la inversión pública deben avanzar de la mano.

Andalucía, un mercado turístico en expansión

Lo que sucede en Sevilla forma parte de un fenómeno mucho más amplio. Andalucía ha experimentado durante los últimos años un crecimiento muy importante de su oferta turística, especialmente en el ámbito de las viviendas de uso turístico.

Según el informe de oferta turística de la Junta de Andalucía correspondiente a 2024, la comunidad contaba con 161.128 establecimientos turísticos y 1.366.601 plazas de alojamiento turístico. El número de establecimientos creció un 17,3% respecto al año anterior y las plazas aumentaron un 11%.

Son cifras que muestran la dimensión de un sector que continúa ampliándose y que tiene un peso decisivo en la economía andaluza. El dato más llamativo es el comportamiento de las viviendas de uso turístico, cuyo número aumentó un 19% en 2024. Málaga concentra una parte muy significativa de esta oferta, con el 58,3% de las plazas de esta tipología en Andalucía.

La provincia malagueña, con la Costa del Sol como gran referencia internacional, es el ejemplo más visible de la presión que puede ejercer el turismo sobre el territorio, la vivienda y las infraestructuras. Pero no es el único.

Cádiz, Granada y Sevilla también han experimentado transformaciones importantes en sus mercados de alojamiento turístico.

Ciudades con un patrimonio excepcional, una fuerte demanda cultural y una creciente proyección internacional están viendo cómo el turismo modifica sus espacios urbanos.

La cuestión no es si Andalucía tiene capacidad para recibir turistas. La tiene y debe seguir desarrollándola.

La cuestión es si el crecimiento de la oferta está siendo acompañado por una planificación adecuada.

¿Más camas o más rentabilidad?

Aquí es donde el debate debe abandonar las impresiones y entrar en el terreno económico.

Una cosa es que aumente el número de turistas y otra muy distinta que la oferta de alojamiento crezca al mismo ritmo.

También es diferente que aumenten las pernoctaciones y que mejore la rentabilidad de los establecimientos.

En Sevilla, los datos de 2025 reflejan una actividad turística muy importante: 3.760.903 viajeros alojados en hoteles y apartamentos turísticos y 8.397.861 pernoctaciones. La estancia media se situó en 2,23 noches.

Son cifras que confirman la fortaleza del destino sevillano. Pero también revelan un reto: la estancia media continúa siendo relativamente corta para una ciudad que aspira a captar un turismo de mayor valor añadido.

La pregunta económica es sencilla: ¿estamos creciendo en número de plazas más deprisa que en capacidad de generar ingresos por visitante?

Para responderla habría que analizar la evolución conjunta de la oferta, la ocupación, los precios medios, las pernoctaciones y la rentabilidad empresarial. No basta con contar hoteles ni con medir turistas.

Un establecimiento puede tener una ocupación elevada y, sin embargo, afrontar costes crecientes de personal, suministros, mantenimiento y financiación. También puede ocurrir que una ciudad reciba más visitantes, pero que estos permanezcan menos tiempo y distribuyan su gasto de forma muy desigual.

El turismo de calidad no se mide solamente por el número de camas disponibles. Se mide por el valor que cada visitante aporta al territorio.

Y aquí Andalucía tiene una oportunidad extraordinaria.

El problema de los apartamentos turísticos

El auge de las viviendas de uso turístico ha ampliado la capacidad de alojamiento, ha generado ingresos para propietarios y empresas y ha contribuido a diversificar la oferta.

Pero también ha introducido tensiones que no podemos ignorar.

En determinadas zonas de Sevilla, Málaga, Cádiz o Granada, el crecimiento de los apartamentos turísticos se produce en mercados residenciales donde la vivienda ya es un bien escaso y caro.

No sería riguroso atribuir todos los problemas de vivienda al turismo. Influyen también la falta de suelo, la escasez de vivienda pública, los costes de construcción, los tipos de interés, la demanda residencial y otros factores. But tampoco sería sensato negar que la conversión de viviendas en alojamientos turísticos puede reducir la oferta disponible para quienes quieren vivir en esas zonas.

El equilibrio exige una regulación eficaz, estable y razonable. Una regulación que proteja a los residentes, que evite la competencia desleal y que permita desarrollar una actividad empresarial profesional.

Andalucía no puede convertirse en un territorio donde la rentabilidad de una vivienda turística sea siempre superior a cualquier otra alternativa de uso, sin valorar las consecuencias sobre la ciudad. El turismo debe convivir con la vivienda. No sustituirla.

No se trata de crecer menos, sino de crecer mejor.

Andalucía no puede permitirse renunciar al turismo. Es una actividad esencial para su economía y una fuente de oportunidades para miles de empresas y trabajadores.

Pero tampoco puede permitirse crecer sin planificación. Sevilla no necesita menos turismo. Necesita un turismo mejor conectado, mejor distribuido, más rentable.

Y, por extensión, qué Andalucía queremos ofrecer al mundo. Una Andalucía con más camas, sin duda. Pero también con más oportunidades, mejores infraestructuras, ciudades habitables y un turismo que contribuya a construir el futuro, en lugar de limitarse a consumirlo.

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